Martes, 03 de Marzo de 2026 |

En bici por el románico mudéjar de Valladolid

Julen Iturbe-Ormaetxe Sábado, 28 de Febrero de 2026

Siempre se ha mirado al románico mudéjar de Castilla y León como la versión "barata" del románico “auténtico”, el de piedra. Pero entre los siglos XI y XIII, los vecinos al sur de las grandes rutas jacobeas no tuvieron más remedio que claudicar ante la geología. Sin piedra a mano en las tierras del Duero, había que tirar de ladrillo, yeso y madera. El románico del ladrillo es franco, no se esconde: piedra es piedra y ladrillo es ladrillo.

 

A esta escasez de material noble se sumó otra variable crucial: la persistencia de la población mudéjar. ¿Quiénes eran estos? Los musulmanes que, pese a la Reconquista, se les permitió quedarse (del árabe mudaǧǧan, "aquel a quien se le ha permitido quedarse"), manteniendo sus costumbres, incluida una determinada forma de crear arte.

El arte mudéjar es, en esencia, un estilo mestizo: cristiano en su función, pero completamente islámico en la mano de obra, materiales y técnicas. Una fusión que hoy nos suena a "moderno". Así, desde el siglo XI, surgieron edificios con ladrillo ornamental en fachadas, decoración de yeso tallada y magníficos artesonados de madera con complejos diseños geométricos.
 

Precisamente, para conocer de cerca esta arquitectura de síntesis, hemos pasado cuatro días pedaleando por algunas de las iglesias más emblemáticas del románico mudéjar de Valladolid, incluyendo alguna rareza como la iglesia románico-lombarda de La Anunciada, cerca de Urueña.

 

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Ladrillo, la base del románico mudéjar de Valladolid.


Etapa 1: Cabezón de Pisuerga – Íscar

Aparcamos en una típica zona de chalets adosados, montamos las bicis y los seis grados de la mañana castellana nos dieron la bienvenida. Tras cruzar el Pisuerga y sortear unas feas zonas industriales, dejamos la ciudad de Valladolid a la derecha y nos lanzamos al monte, calentando músculos en la primera tachuela del día hacia Renedo de Esgueva, donde llenamos los botellines junto al Teatro Escenas. Salimos del pueblo y atacamos el primer puerto: 115 metros de desnivel casi en recta al 6,5%, que, aunque cuenta para el maillot de la montaña, solo sirve para entrar en calor.

 

Del Esgueva, al Duero. En Tudela de Duero nos topamos con este coloso fluvial y, tras cruzarlo, buscamos la iglesia de San Juan Evangelista en Santibáñez de Valcorba, nuestra primera mudéjar, la cual, como tantas otras veces, tuvimos que conformarnos con ver desde fuera. Al salir de Santibáñez, un buen paredón, esta vez sí. La pendiente y la piedra suelta se unieron en un pacto demoledor: pie a tierra. La bici, a rastras. Un 23,8% de pendiente máxima, según Garmin, nos tumba la autoestima.

 

Superado el reto, llegamos a Montemayor de Pililla y luego a Portillo. Parada obligada en su castillo del siglo XV, de esos levantados para "demostrar el poder y la riqueza de sus señores". Nos sentamos enfrente, en el típico Bar del Jubilado, para recuperar fuerzas. Tras casi tres horas y sesenta kilómetros, el pincho de tortilla entra de maravilla mientras vemos llegar a los quintos (de cierta edad ya) a celebrar no se sabe qué.

 

Dejamos Portillo por el Arco de la Muralla. Bajamos a Aldea de San Miguel, donde la calle de acceso a la iglesia de San Miguel Arcángel estaba ocupada de lado a lado por la terraza de un bar. Primero el bar, luego la iglesia. Lógico, ¿no? La iglesia, por cierto, coqueta, con los arcos ciegos del ábside que van a ser "tendencia esta temporada".

 

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Iglesia de San Miguel Arcángel de Aldea de San Miguel



Sí, la tendencia se confirma en Mojados, donde encontramos dos ejemplares más de románico mudéjar. Aquí tuvimos suerte: pillamos a nuestro colega, el párroco, abriendo la iglesia de San Juan. El hombre, amabilísimo, nos explicó detalles y hasta nos habló de la Ermita de Nuestra Señora de Luguillas, con un flamante carril bici para llegar hasta ella.

 

Tras pasar Cogeces de Íscar —con la "diferente" iglesia gótica de San Martín de Tours—, llegamos a Íscar a las tres de la tarde. Tras la ducha en el hostal, salimos de paseo. Impresionó la densidad de andadores en la iglesia de Santa María de los Mártires, con nonagenarias preparándose para el rosario. Subimos al castillo, otro puerto puntuable (esta vez a pie), solo para descubrir que, en lo alto, habían instalado una cervecera para el tardeo. Pobre castillo de Íscar. La cena fue en un local modernillo: queso pata de mulo de la Cruz del Pobre al horno. Calorías que no mienten. De vuelta al hostal, la tos y los mocos anuncian que se viene una buena noche.

 

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Castillo de Íscar



Distancia: 90,42 km. Desnivel acumulado: 738 m. Tiempo: 4:37:04.
Etapa en Strava: https://www.strava.com/activities/16180320554

 

Etapa 2: Íscar – Alaejos

Amanecimos a las ocho y media en Íscar. Tras darle un poco de cariño a la bici, salimos a la meseta castellana, con el castillo bajo una espectacular luz matinal. Rodamos hacia Pedrajas de San Esteban —cuna del queso pata de mulo— y nos desviamos a Alcazarén. Allí, la iglesia de San Pedro nos saludaba con los clásicos arcos ciegos dispuestos en tres niveles en el ábside. Otra vez. Marca de la casa. Continuamos ruta. Tras cruzar la N-601, Olmedo se alza enfrente. Dejamos el Parque Temático del Mudéjar a la derecha y notamos el aire turístico de la villa. Desayunamos en un local agradable, lidiando con toses y mocos, y pasamos por las iglesias de la Trinidad, San Juan y San Andrés. Esta última, cómo no, también con su ábside de arcos ciegos en tres niveles.

 

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Arco de San Miguel en Olmedo.



Salimos de Olmedo por el Arco de San Miguel y, pasando Ataquines, llegamos a uno de los platos fuertes: Nuestra Señora del Castillo en Muriel de Zapardiel. Aquí, al recurrente ábside, se le une una torre exenta de carácter civil. Dos horas y media de pedaleo, cincuenta kilómetros. Los veinte por hora de media siguen firmes.

 

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Nuestra Señora del Castillo en Muriel de Zapardiel.

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Los ciclistas saludan a cámara junto a la iglesia parroquial de Lomoviejo.



Giramos al noroeste para continuar desgranando el mudéjar vallisoletano. Nos esperaban Lomoviejo, Cervillego de la Cruz, Bobadilla del Campo y Fresno el Viejo, antes de Alaejos. El viento lateral pegaba fuerte, pero nadie dijo que un desnivel de apenas cuatrocientos metros en cien kilómetros fuera fácil. En Cervillego, tras ver la iglesia de la Degollación, paramos en el típico bar de pueblo. El cartel anunciaba: "Abierto el domingo desde las 9:00 hasta después de los cafés". El pincho de tortilla, comido en la terraza para hacer compañía a los dos millones de moscas empadronadas en el pueblo, sirvió para engañar al estómago. El último avituallamiento líquido llega en Fresno el Viejo, con una plaza animada a la hora del vermut dominical y que queda junto a la iglesia de San Juan Bautista (cabecera románica del XII, resto mudéjar del XIII). De ahí a Alaejos, sorpresa: viento a favor.



Por la tarde, Inma, de la Oficina de Turismo de Alaejos, nos enseñó las joyas del pueblo. La iglesia de Santa María, del siglo XVI, gana por goleada a la de San Pedro. Su retablo mayor, de Esteban Jordán, es harina de otro costal, con un impresionante trabajo en madera de nogal. Tras la visita y un refrigerio, paseamos hasta los restos del castillo. La cena no fue nada del otro jueves. Un plato combinado y a la cama, a sudar y a pelear con las toses y mocos. Viene otra buena noche.

 

 

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Retablo mayor de la iglesia de Santa María en Alaejos. Fotografía de Gonzalo García (Wikipedia).



Distancia: 97,06 km. Desnivel acumulado: 434 m. Tiempo: 4:51:17.
Etapa en Strava: https://www.strava.com/activities/16191494346



Etapa 3: Alaejos – Urueña

Con el tiempo incierto y unas sevillanas en la tele a buen volumen, dimos cuenta de una tostada de aceite, tomate y jamón (un nueve sobre diez) en Alaejos. Al igual que terminamos ayer, de nuevo con viento de culo, enfilamos hacia Castronuño, donde el Duero se embalsa en un meandro espectacular. Subimos a la ermita tardorrománica del Santo Cristo, levantada en sillería —aquí se notaba el parné— bajo la tutela de la Orden de San Juan, que se alza en paz sobre el meandro. Hechas las fotos de rigor, cruzamos el río por la cabecera del embalse de San José, con el viento de aliado.

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El espectacular meandro del río Duero en Castronuño.

Los kilómetros pasaron rápido: San Román de Hornija, los Villaesteres y Pedrosa del Rey, donde nos detuvimos ante una tremenda torre del siglo XVII, resto de la antigua iglesia de Santa Cruz, ahora convertida en puerta del cementerio. Poco después, llegamos a Villalar de los Comuneros, con el monumento a quienes defendieron sus derechos en el siglo XVI. No llevábamos dos horas y ya superábamos los cuarenta kilómetros. Cosas del viento. Paramos en el bar de las piscinas, que poco a poco se iba llenando, para el cafelito matinal. El siguiente hito fue el ascenso a Berceruelo, donde se encuentran las ruinas de la iglesia de San Juan Evangelista. La subida es un puerto hors categorie: 92 metros de desnivel en poco más de dos kilómetros al 3,82% de media. Sufrimiento puro.

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Iglesia prerrománica de San Cebrián de Mazote

Tras pasar Torrelobatón, llegamos a la espectacular iglesia prerrománica de San Cebrián de Mazote. Una estructura única, un crisol de elementos paleocristianos, visigodos, asturianos y árabes, ejemplo de la libertad creativa de la época, y que nos hace pensar hasta dónde podría haber llegado el arte prerrománico de no ser yugulado por la reforma gregoriana. En el bar del ayuntamiento, pulcro y tranquilo, negociamos un bocadillo de jamón para el tentempié.

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Iglesia de Nuestra Señora de la Anunciada, a los pies de Urueña.

Ya solo quedaba la visita obligada a la iglesia de Nuestra Señora de la Anunciada, a los pies de Urueña. Un extraño ejemplar de románico lombardo, similar a Frómista, con un emplazamiento que le confiere un encanto especial, a la vista de las murallas. La última tachuela fue la subida a Urueña, la Villa del Libro. Llegamos en lunes, o sea, a un pueblo fantasma. Solo un bar-restaurante abierto. Mientras pedaleábamos por sus callejuelas, nos encontró el dueño del Hotel Pozolico, quien muy amablemente nos hizo el check-in. Un café con leche y un bizcocho de manzana nos reconciliaron con la villa. Por la tarde, hicimos el camino de ronda de la muralla, charlando de nuestras respectivas jubilaciones, de viajes en bici y de cómo el trabajo pierde relevancia. Somos señores mayores. Por cierto, encontramos un pequeño monumento en homenaje a un ciclista atropellado en 2016.

La cena en el hotel sirvió para que Pedro, su dueño, nos pusiera al día sobre las peculiaridades de Urueña: política, libreros y la compleja convivencia. Tras la cena, intentamos volver a la muralla, pero la lluvia, junto con el exceso de lúmenes de los focos, nos hizo volver a nuestros aposentos. La pregunta en el aire: ¿nos lloverá mañana?

Distancia: 89,17 km. Desnivel acumulado: 764 m. Tiempo: 4:20:42.
Etapa en Strava: https://www.strava.com/activities/16200431117

 

Etapa 4: Urueña – Cabezón de Pisuerga

A las ocho, con las primeras luces, desayunamos con Pedro en Urueña, quien nos dejó impactados con una curiosa coincidencia: entre los apenas cien habitantes del pueblo, hay dos japonesas. En fin, nosotros a lo nuestro. El día amenazaba lluvia, pero salimos decididos a desafiar el pronóstico. A diez kilómetros nos esperaba el imponente Monasterio Cisterciense de Santa Espina, en los Montes Torozos, un edificio de grandiosidad desmedida para custodiar la pequeña reliquia de la corona de espinas de Cristo. Con dos hermosos claustros (uno herreriano, otro románico) y una sala capitular del siglo XIII, impresionaba por su escala. Eso sí, no llegamos a ver la santa espina.

 

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Monasterio Cisterciense de Santa Espina.

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Refectorio del monasterio Monasterio Cisterciense de Santa Espina.

Dejamos el monasterio subiendo a la meseta, para luego descender, cruzar el río Hornija y volver a subir a Peñaflor de Hornija. Allí, una señora nos advirtió: "Me da que os vais a mojar", de camino a Wamba. Spoiler: la señora se equivocó.

Santa María de Wamba es una de las iglesias más representativas del románico mudéjar vallisoletano, lo que incluye unas capillas de época mozárabe del siglo X. Además, cuenta con la Capilla del Osario, decorada con cráneos y huesos humanos. Su topónimo revela una fuerte influencia visigoda. Por si os sale en el Trivial: Wamba es el único municipio de España que empieza por W, nombrado así por el rey godo Wamba, elegido allí en el 672.

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A la salida de Wamba, por el Camino de las Cuberas.

Tras un tranquilo tentempié en un bar en Wamba, tomamos el Camino de las Cuberas, una pista arcillosa húmeda entre paneles solares. Pedaleamos ágiles, con el viento a favor, un lujo que nos permitía ir rápido sin esfuerzo, mientras nos desviábamos a Villalba de los Alcores. El tramo más entretenido nos llevó a Corcos del Valle, serpenteando por pistas entre encinas, quejigos y sabinas, una novedad frente a los trazados rectilíneos de la meseta. En la Tiendita del Valle, un lugar muy recomendable, comimos un par de medios bocadillos que nos supieron a gloria en la terraza.

El último esfuerzo fue una breve subida a la meseta antes de descender a Trigueros del Valle. Allí visitamos la iglesia de San Miguel Arcángel, que destacaba por su coqueto pórtico con motivos vegetales y geométricos. La salida de Trigueros nos enfrentó por fin al viento en contra. Diez kilómetros finales, con parada incluida para ver por fuera el Monasterio de Santa María de Palazuelos (hoy privatizado), antes de llegar al coche. Fin de ruta.

Ya con las bicis cargadas y un último refrigerio en un bar atiborrado de decoración, hicimos balance. Qué bien sienta una ruta así, sin prisa, por territorios tranquilos y con un buen motivo de visita, como el románico mudéjar. Hay que hacer más salidas de 4-5 días en busca de pedaleo sosegado.

Distancia: 91,09 km. Desnivel acumulado: 481 m. Tiempo: 4:15:19.
Etapa en Strava: https://www.strava.com/activities/16210541827

 

Balance de la ruta

Desde el principio tuve claro que quería tranquilidad. ¿Mucha carretera? Sí, pero sin apenas tráfico. ¿Poco desnivel? Sí, pero así podemos abarcar más territorio. En ningún momento he tenido la sensación de fatiga que a veces llega cuando la ruta es más exigente en lo físico. Quizá es que el concepto «jubilado» está llegando también a mi forma de entender este tipo de proyectos. Si mis cuatro semanas por el Macizo Central Francés suponía cierto reto físico y de atención en el plano técnico de conducción, esta ruta es el extremo contrario: mover bielas y ya está.

El románico mudéjar que hemos elegido, el de Valladolid, es solo una opción. Hay mucho más repartido por Aragón, por otras provincias de Castilla y León, o incluso por Andalucía. Una pena no poder ver la mayoría de las iglesias por dentro, aunque también hemos podido saborear alguna que otra, como las dos de Mojados o las otras dos de Alaejos (estas renacentistas, aunque con detalles mudéjares). No obstante, una ruta con «motivo» siempre es bienvenida. El románico mudéjar puede ser una buena disculpa.

En fin, ruta tranquila, para hacerla con paciencia debido a las largas rectas de la meseta castellana, y como una buena manera de rodar suave suave. Bueno, a veces no tanto, jeje. Cosas del momento cuando uno siente que las piernas piden más. Pero tampoco mucho, no os creáis.

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Enlaces con información adicional

Mapa de la ruta en Google Maps: https://www.google.com/maps/d/u/0/edit?mid=1wFidZZepWJHJG0FK_xFYbXKqIGyHGOI&usp=sharing

Álbum de fotografías: https://photos.app.goo.gl/i6SAmunq8z4tbR8C8  

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