Domingo, 15 de Febrero de 2026 |

Pedaleando por Túnez. Donde el mestizaje respira entre tradición y armonía

Antoni Tarragón Viernes, 13 de Febrero de 2026

 

Es de noche y la primera ola de calor nos envuelve mientras descendemos por la escalinata  del avión. El aire caliente y seco nos recibe como un presagio del país que está por  descubrirse: un territorio de enorme riqueza cultural y diversidad, resultado de milenios de  historia y la confluencia de múltiples civilizaciones. Túnez, ubicado en el norte de África, es  un crisol en el que convergen las raíces árabes, bereberes, islámicas, mediterráneas y francesas;  un mosaico cultural que se ha ido moldeando a lo largo de siglos de contacto con grandes  imperios y pueblos. Desde los cartagineses y romanos, hasta los árabes, otomanos y  colonizadores franceses, cada uno ha dejado una huella imborrable en la identidad tunecina. Aunque el árabe es el idioma oficial, el legado bereber permanece vivo, especialmente en las  tradiciones orales y las comunidades rurales. El Islam sunita, predominante en el país,  impregna la vida diaria y las costumbres sociales, pero Túnez es también reconocido por su  relativo laicismo y apertura, rasgos que lo distinguen dentro del mundo árabe. No en vano   ha sido pionero en materia de derechos para las mujeres. Abolió la poligamia y legalizó el  divorcio desde los años 50, medidas que han tenido un impacto significativo en su evolución  cultural y social moderna. 

 

TÚNEZ: ENTRE EL MEDITERRÁNEO Y EL SAHARA 

Nuestra aventura comienza en la laberíntica medina de la capital, un espacio histórico y  bullicioso donde el tiempo parece detenerse. Calles estrechas y callejones se entrelazan con  zocos vibrantes, llenos de vida y actividad constante. Allí, los aromas intensos de especias se  mezclan con el ruido del trabajo de artesanos y el murmullo animado de comerciantes que  invitan a regatear. Los cafés rebosan de gente mientras los narguiles despiden hilos de humo  que se enredan en el aire cálido. A pesar de ese bullicio, existen rincones tranquilos y  recónditos, en donde la arquitectura revela mezquitas, palacios y patios escondidos, testigos  mudos de siglos de historia. 



Desde aquí, nos adentramos hacia el sur recorriendo los primeros 400 km entre  campos de cereales, olivares y bosquecillos dispersos, una vegetación que se va haciendo  cada vez más escasa y árida. Pedaleamos por el Parque Nacional Djebel Zaghdoud, un  paisaje formado por anticlinales que dan lugar a una serie de colinas. La más alta de ellas,  Koudiet Echegga, alcanza los 639 m de altitud. Estas colinas están separadas por uadis, ríos estacionales que nos obligan a descender y ascender repetidamente, mientras el sol  implacable nos obliga a ajustar nuestro ritmo: madrugamos para evitar el calor extremo y  buscamos refugio en alguna sombra durante las horas más abrasadoras del mediodía. 

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  Los primeros km pedaleamos entre campos de cereales, olivares, bosques y rebaños.



OASIS DE MONTAÑA Y CAÑONES ESCULPIDOS 

En el camino, rebaños aislados de cabras y ovejas nos acompañan, pastando en la aridez,  hasta llegar a Gafsa, donde acampamos en su vasto palmeral. Al amanecer, nos dirigimos  hacia el turístico oasis de Chebika, un paraje desértico marcado por cañones y montañas  escarpadas que contrastan con el verdor exuberante del palmeral y las aguas que brotan en  sus cascadas y manantiales. Nuestro campamento se instala en el impresionante cañón de  Tamerza, un desfiladero esculpido a lo largo de miles de años por el río Oued el Abid,  conocido por sus formaciones rocosas de tonos dorados y rojizos que parecen sacadas de  otro mundo. 

 

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A pocos kilómetros hacia el norte se encuentra el abandonado pueblo de Mides,  encaramado en el borde del desfiladero que lleva su nombre, escenario de rodajes como la  emblemática película El Paciente Inglés. Durante los días siguientes, exploraremos diversos  enclaves que han servido de telón de fondo para un sinfín de películas famosas, entre ellas  Star Wars, Gladiator y La Vida de Brian, sumergiéndonos en paisajes que parecen sacados de  la imaginación cinematográfica. 

 

Nuestro siguiente destino es el palmeral de Nefta, al que llegamos bordeando el Chott El Gharsa, una depresión pantanosa que alcanza su punto más bajo en su extremo norte, a 17  m bajo el nivel del mar, la altitud más baja de todo Túnez. Apodada la "Perla del Jerid",  Nefta se distingue por sus fuentes termales y su espléndido oasis, además de por su profunda  espiritualidad que le ha conferido el privilegio de ser el segundo lugar de peregrinación en el país. Al caer la tarde, disfrutamos de un agradable paseo sin rumbo por las intrincadas callejuelas de la medina, cuya arquitectura es especialmente original: casas construidas con pequeños ladrillos y puertas de madera de palmera. Subimos hasta la Corbielle, un  curioso sistema tradicional de recolección de agua hoy en desuso, testimonio del ingenio local. 

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Palmerales de Nafta y Tozeur donde se cultivan los Deglet Nour

 

Muy cerca, a escasos kilómetros y casi en la frontera con Argelia, se encuentra Mos Espa,  parada obligada para los aficionados de Star Wars. Estamos inmersos en un escenario que parece sacado de una galaxia muy, muy lejana. Siguiendo el serpenteante camino entre palmerales, llegamos a Tozeur, un oasis en el borde del Sahara. Aquí el clima desértico favorece el cultivo de dátiles reconocidos mundialmente, los Deglet Nour, cuyo nombre significa "dedo de luz" en árabe, caracterizados por su color ámbar claro, su textura translúcida y un sabor dulce, suave y meloso. Tozeur, como muchos pueblos de la región, está lleno de gatos muy queridos por los vecinos, quienes los alimentan para que mantengan a raya a los escorpiones que emergen durante unos meses al año. 



Observamos la singular estructura de los edificios locales, cuyas vigas de los techos  provienen de troncos de palmera que se entierran durante un año bajo varios metros de  profundidad en el lago salado Chott El Jerid, un método ancestral para eliminar insectos y  larvas. Este lago, casi seco, lo cruzamos en un tramo en el que aún se mantienen activas  algunas salinas. Delante de nosotros se extiende una recta interminable, de casi 50 km, que se pierde en el horizonte, una línea horizontal en el infinito que el viento, implacable, limita en velocidad. 

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El lago salado Chott El Djerid 



HACIA EL CORAZÓN DEL DESIERTO 

Nos desviamos por una carretera secundaria hacia Kebili, para detenernos cerca de Fatssana y contemplar las diminutas dunas petrificadas mientras buscamos refugio del sol en un sencillo café.  Desde Kebili bordeamos el Chott El Jerid por su lado sur, adentrándonos en sus pistas y atravesando aldeas y palmerales para evitar llegar directamente a Douz, conocida como "la puerta del desierto" por ser el inicio de los mares de dunas del Sahara, un punto clave para las antiguas rutas trans-saharianas. 

 

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Douz, la puerta del desierto 



El jueves nos espera una jornada especial: madrugamos para asistir al mercado de animales  que se celebra al amanecer, un espectáculo de vida en el que vendedores y compradores  negocian ovejas, cabras, conejos, gallinas, palomas e incluso tortugas. Aprovechamos para  aprovisionarnos en el mercado callejero y, cargados con varios litros de agua, partimos hacia el oasis de Ghilane, un palmeral solitario situado a unos 140 km de Douz. En este tramo, el sol y el viento se erigen como nuestros principales enemigos. En el camino, pasamos por los restos abandonados de los cafés Tarzan y Bir Soltane, refugios que hasta hace pocos años eran paradas habituales para ciclistas.
 

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Nos esperan 140 km de desierto 

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Recta de 80 km desabastecida hasta llegar a Ghilane 


Finalmente, acampamos en Ghilane, un oasis protegido por las doradas dunas del desierto  del Sahara, que guarda un manantial de aguas termales que invita a sumergirse y refrescarse  bajo el follaje frondoso de las palmeras que lo custodian. Pero la noche nos sorprende con  una tormenta inesperada: una fuerte tromba de agua acompañada de relámpagos y rachas  de viento que doblan nuestras tiendas, nos obligan a pasar horas aferrados a ellas desde el  interior, en medio de la furia del desierto. 



Al día siguiente, retomamos la ruta por una pista que nos conecta nuevamente con la  carretera principal hacia nuestro destino. El paisaje es un desierto casi absoluto, salpicado  únicamente por la presencia esporádica de dromedarios y pastores con sus rebaños de  cabras y ovejas. Poco a poco, comienzan a aparecer montañas escarpadas, cubiertas por una  vegetación escasa, pero resistente, anunciando la proximidad de nuevos horizontes y  aventuras. 

 

LOS KSARS: ARQUITECTURA Y MEMORIA 

Nuestro recorrido continúa hasta el impresionante Ksar Guermasa, una antigua ciudadela  bereber enclavada en lo alto de una montaña, cuya posición estratégica le otorga un  carácter defensivo natural, dominando desde las alturas la extensa llanura de El Ferch.  Pasamos la noche en una de sus cuevas excavadas en la roca, un refugio milenario donde el  tiempo parece haberse detenido. Al final del día, contemplamos cómo los últimos rayos del  sol bañan el acantilado, tiñendo la piedra monótona de tonos dorados que parecen  incendiar la montaña. 

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El espectacular Old Guermasa 



Durante los próximos días, seguimos en busca de ksars alejados de las rutas turísticas.  Atravesamos discretamente los más conocidos, como el Ksar Chenini, una aldea troglodita  bereber que, al estar encaramada en la ladera de una colina, se confunde con la propia  naturaleza del paisaje. Algunas de sus cuevas siguen habitadas, lo que le otorga un aura viva  y auténtica. Un par de kilómetros más arriba alcanzamos la Mezquita de los Siete  Durmientes, silenciosa y solitaria, custodiando la colina como una reliquia sagrada.

 

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Mezquita de los Siete Durmientes 

 

Por una pista desierta llegamos al inicio de una trialera que desciende abruptamente hacia  Douriet. El día promete: nos esperan varias fortalezas tradicionales, una serie de ksars testigos del pasado bereber. Pero, ¿qué son realmente estos ksars y qué función cumplían? 

 

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El descenso trialero hasta Douriet

 

Un ksar es una construcción fortificada de uso colectivo, típica de las comunidades  bereberes (amazigh), ideada como almacén y refugio. Se compone de un conjunto de  ghorfas, celdas abovedadas dispuestas en varios niveles, construidas en adobe o piedra, y  organizadas en torno a un patio central. Todo el recinto se cerraba con una única puerta,  convirtiéndolo en un espacio casi inexpugnable desde el exterior. En su interior, cada familia  poseía su propia ghorfa, destinada a almacenar alimentos —cereales, dátiles, aceite— y, en  ocasiones, bienes de valor. En algunas todavía se conservan antiguas prensas de aceite. 

 

 

 

La mayoría de los ksar que sobreviven datan de entre los siglos XII y XIX, aunque sus orígenes  podrían remontarse aún más atrás. Su importancia fue clave durante la época en que las  comunidades seminómadas del sur de Túnez necesitaban proteger sus recursos frente a los saqueadores y las condiciones climáticas extremas. 

 

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Pedaleando por tierras de ksars 


[Img #6046]Los ksar son construcciones fortificadas de uso colectivo 

 

Nos abastecemos en el pueblo del Ksar Ouled Debbab, que también visitamos, antes de  adentrarnos por un camino que nos lleva hasta el poco frecuentado Ksar Maztouria, uno de  los más impresionantes de la región. Sus ghorfas se extienden en dos y hasta tres niveles, y  conserva una particularidad única: inscripciones bereberes talladas en las paredes, con motivos geométricos, huellas de manos, de pies... un legado ancestral que aún habla a  quienes saben escuchar. 



Desde allí continuamos nuestro periplo pasando por Ksar Daghra, Ksar Aouadid, Ksar Ouled  Aoun y Ksar Tunket, del que salimos por un antiguo camino rumbo a Tataouine. Al día  siguiente, tras una parada en el mercado callejero de los viernes, pedaleamos por una  tranquila carretera que nos lleva a los Ksar Ouled Abdelouahed, Ksar Jedida, y poco después  al Ksar Ouled Mohammed, fácilmente reconocible por los marcos de puertas y ventanas  pintados de blanco. Luego llegamos al Ksar Ezzahra, situado en pleno centro del pueblo, que  aún hoy sigue en uso por la comunidad. 



Finalmente, nos aproximamos al turístico y bien conservado Ksar Ouled Soltane, antes de  iniciar un ascenso exigente hacia Ksar Mourabitine, un ksar encantador que corona una  colina. Desde allí, descendemos por antiguos senderos abandonados, aún pavimentados en  algunos tramos con su adoquinado original, hasta llegar al Ksar Hadada, hoy reconvertido en  hotel. Seguimos por pistas algo más técnicas y accidentadas, hasta reencontrarnos con la  carretera que nos lleva a Ksar Hallouf, otro escenario de la saga Star Wars. 

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Ksar Mourabitine 


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Descenso del ksar Mourabitine 



Tras superar un largo puerto de montaña, llegamos finalmente a Toujane, un pueblo colgado  de la montaña con una vista magnífica: desde aquí, el mar aparece a lo lejos, azul y  reluciente, como una promesa lejana. Descendemos luego hacia Matmata, donde dormimos  en una casa troglodita adaptada como albergue. 

 

DORMIR EN LAS CUEVAS TROGLODITAS 

Las viviendas trogloditas de Matmata son auténticas joyas de la arquitectura popular:  excavadas directamente en la tierra o en roca blanda, constan de un gran pozo circular que  sirve como patio central abierto. Alrededor de él, se abren habitaciones excavadas en la  pared, con algunas cuevas adicionales extendiéndose por los laterales. En ocasiones, las  viviendas cuentan con varios patios conectados por túneles, escaleras o corredores, creando  un sistema de varios niveles. Este tipo de construcción se adapta perfectamente al clima  extremo del sur tunecino: en verano, la temperatura interior se mantiene fresca; en  invierno, el calor se conserva. El propio terreno actúa como aislante térmico natural.



Uno de estos hogares, el Hotel Sidi Driss, alcanzó fama internacional al ser utilizado como la  casa de Luke Skywalker en Star Wars: Episode IV – A New Hope. Desde entonces, Matmata se ha convertido en un lugar de peregrinaje para los fans de la saga. 

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Casas trogloditas en Matmata 



EL ENCUENTRO CON EL MEDITERRÁNEO Y EL LEGADO ROMANO 

Salimos temprano de Matmata y descendemos hasta la estación de tren de Gabès, donde  tomamos el único tren diurno disponible, una especie de máquina del tiempo que parece  transportarnos varios siglos atrás. Nos apeamos en El Jem, actual heredera de la antigua  ciudad romana de Thysdrus, situada en la antigua provincia de África. 



Allí se alza el colosal anfiteatro romano de El Jem, el más grande de África y el cuarto más  grande del mundo, con capacidad para 35.000 espectadores. Es un monumento asombroso,  comparable al Coliseo de Roma. A poca distancia se encuentra el Museo Arqueológico, que  alberga una rica colección de mosaicos romanos de los siglos II al V, una muestra tangible de  la vida cotidiana y la estética de aquella época. 



Reanudamos nuestro viaje dejando atrás el esplendor de El Jem y su legado romano, y nos  adentramos por caminos de tierra rumbo a la costa mediterránea. Nuestro primer contacto  con el mar lo tenemos en el pintoresco pueblo de Mahdia, un lugar de atmósfera serena y  repleto de historia. Exploramos su bien conservada medina, el paseo marítimo que acaricia  la costa, el cementerio marino que reposa junto al mar, los vestigios fenicios y su colorido  mercado central, vibrante de aromas, sabores y vida local. 



Más al norte, nos esperan dos joyas tan turísticas como cautivadoras: Monastir y Sousse.  Pese a su popularidad, ambas ciudades conservan un rico patrimonio histórico. Sus medinas  laten con actividad constante, y sus mezquitas, mausoleos y murallas merecen una visita  detallada. Tras recorrer sus calles y despedirnos del mar, giramos hacia el interior del país. 

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Mausoleo de Bourghiba en Monastir 


La ruta nos lleva por pistas y caminos de tierra hasta la ciudad santa de Kairouán, corazón  espiritual de Túnez y uno de los centros religiosos más importantes del mundo islámico. Para  llegar a la majestuosa Gran Mezquita nos perdemos entre las estrechas callejuelas de su  medina, donde artesanos locales tejen, con paciencia y maestría, alfombras tradicionales  Kaituan y Kilim.

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Entrada a la Gran Mezquita de Kariouan 


Antes de abandonar la ciudad, nos detenemos en las históricas cisternas de los Aglabíes,  consideradas una de las obras hidráulicas más destacadas del mundo islámico.  Posteriormente, dejamos atrás la carretera principal y nos internamos por caminos que  suben suavemente entre campos cultivados, olivos dispersos y colinas que se extienden  hasta donde alcanza la vista. 



El paisaje cambia gradualmente con cada kilómetro: fértiles tierras de cultivo, horizontes  abiertos y una calma envolvente nos conducen a uno de los destinos arqueológicos más  notables del país: Dougga, la ciudad romana mejor conservada del norte de África, con  ruinas que se alzan orgullosas entre las colinas como testigos mudos de un glorioso pasado. 



Un recorrido entre paisajes que evocan, en cada curva del camino, la profunda riqueza  agrícola que ha definido este territorio desde hace milenios. En Dougga nos detenemos sin  prisas, sumidos en el silencio majestuoso de sus ruinas. Caminamos entre el teatro, los  templos y las calles empedradas, que, pese al paso de los siglos, conservan intacta la fuerza  evocadora de un pasado esplendoroso. Cuando el sol comienza a declinar y las sombras  alargan los contornos de la piedra, retomamos la marcha. Cruzamos los últimos vestigios del  yacimiento y descendemos hacia Téboursouk con la sensación de haber atravesado el  tiempo más que el espacio. 

 

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Dougga, posiblemente la ciudad romana mejor conservada del norte de África 
 

Partimos temprano desde Téboursouk, siguiendo caminos rurales y carreteras secundarias  que serpentean entre campos cultivados. Nos adentramos en una pequeña sierra y  ascendemos un collado desde el cual se despliega un panorama majestuoso: valles fértiles  tapizados por extensas franjas de cultivos que se funden con el horizonte. La geografía aquí  respira abundancia y permanencia. 



Llegamos a Jendouba y desde allí tomamos la carretera que nos conduce a Bulla Regia, uno  de los yacimientos romanos más singulares de Túnez. Esta antigua ciudad destaca por sus  notables villas subterráneas, una solución arquitectónica tan ingeniosa como práctica que  permitía a sus habitantes resguardarse del abrasador clima norteafricano. Bajo tierra,  construyeron residencias elegantes, con patios rodeados de columnas, estancias finamente  decoradas y sofisticados sistemas de fontanería. Aún hoy, muchos de sus magníficos  mosaicos permanecen in situ, como si el tiempo se hubiese detenido para preservar el  ingenio y el refinamiento de la civilización romana.



En Busalim, nos desviamos por caminos secundarios rumbo a Béja, donde el pulso de la vida  cotidiana nos envuelve de inmediato. En sus estrechas calles empedradas, la actividad  comercial bulle: tiendas, tenderetes improvisados, cafés y pastelerías artesanales llenan el  aire de aromas irresistibles. Nos dejamos llevar, sin mapa ni rumbo, por este laberinto urbano en el que la gente se mueve con una calma ancestral, como si el tiempo aquí fluyera a un ritmo diferente. Permanecemos hasta el atardecer, saboreando esa quietud que solo ofrecen los lugares donde lo moderno aún respeta el alma del pasado. Al día siguiente retomamos la ruta por carreteras secundarias. El paisaje que nos rodea se despliega como un inmenso tapiz agrícola: campos labrados que esperan pacientes la siembra de cereales, tierras surcadas por los ciclos de una vida rural que persiste. Rebaños de cabras y ovejas avanzan sin prisa por los caminos, marcando con su paso el pulso pausado de la jornada. 

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Valles fértiles de cultivos que se funden con el horizonte 

 

CARTAGO Y EL BARDO: LA MEMORIA Y EL OLVIDO 

Finalmente, el mar aparece en el horizonte, y siguiendo la línea de la costa llegamos a Sidi  Bou Said. Este encantador pueblo, con sus casas encaladas, contrasta con el azul intenso de  puertas y ventanas que parecen absorber la luz mediterránea. Subimos por calles empinadas  que nos llevan hasta el faro, en lo alto de una colina, desde donde se domina el mar y se  respira una atmósfera de serenidad suspendida en el tiempo. 

De camino a la capital, hacemos una última parada en los vestigios de Cartago, un nombre  cargado de historia y leyenda. Sin embargo, la experiencia es agridulce. Las ruinas, aunque  imponentes en su simbolismo, se encuentran en un estado de abandono visible, y el museo  

está cerrado por reformas. La visita se convierte así en un viaje a medio camino entre el peso  de una grandeza pasada y el desencanto que produce el olvido. 

 

Ya en Túnez capital, nos quedaba por visitar el Museo Nacional del Bardo. En nuestra mente,  inevitablemente, pasan las imágenes del atentado terrorista de 2015, en el que perdieron la  vida 17 turistas. Pese a ello, el Bardo se impone como uno de los museos más importantes  del Mediterráneo. Su vasta colección arqueológica recorre la historia del país como cruce de  culturas milenarias: púnica, romana, bizantina, islámica y moderna. Es un espacio que  resume en vitrinas y galerías la complejidad de una identidad en constante transformación. 



UNA TRANSICIÓN DE MÁS DE 2.000 KM

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Este viaje ha sido, en sí mismo, una transición natural de más de 2.000 km, entre las costas del Mediterráneo europeo y los límites del Sáhara africano. El norte del país, con su clima templado, montañas, suelos fértiles y abundante vegetación, acoge núcleos urbanos  costeros y centros agrícolas vitales. En contraste, el sur se extiende en vastas regiones áridas  y desérticas, con predominancia de los oasis, las dunas y los chotts, lagos salinos que marcan el paisaje con su geometría cambiante. Este gradiente climático y ecológico ha moldeado históricamente los modos de vida: de la agricultura intensiva al nomadismo, de las ciudades  a las caravanas. 



Túnez ha sido, desde sus orígenes, un territorio de convergencia. Cuna de Cartago, la  poderosa ciudad-estado púnica que desafió a Roma, fue luego romanizada, islamizada y, en  tiempos más recientes, colonizada por Francia. Cada etapa dejó su huella: ruinas, fortalezas,  mezquitas, iglesias y museos que fuimos descubriendo paso a paso. La identidad tunecina  actual es el resultado de ese entrecruzamiento continuo entre pueblos, religiones y  costumbres. Aunque hoy la mayoría de la población se identifica como árabe-musulmana,  persiste una notable herencia bereber (amazigh), visible sobre todo en el sur y en zonas  rurales. 



Túnez nos ha mostrado una sociedad en constante equilibrio entre tradición y modernidad.  Esta dualidad también se refleja en su arquitectura: las ciudades se organizan en dos  ámbitos bien diferenciados. Por un lado, las antiguas medinas, con sus callejones estrechos,  patios interiores y mezquitas centenarias; por otro, los barrios modernos, con amplias  avenidas, edificios administrativos y construcciones funcionales. En las zonas rurales,  observamos ejemplos de arquitectura adaptativa como las casas trogloditas o los ksars del  sur, ingeniosas respuestas a condiciones climáticas extremas. 



Así termina nuestro recorrido por Túnez, un país que se despliega como un mosaico cultural,  geográfico e histórico, donde el pasado no es ruina, sino raíz. Cada lugar visitado, cada  mirada intercambiada, ha sido parte de una travesía que revela no solo un país, sino también  la complejidad de habitar en el cruce de mundos.
 

 

Por Antoni Tarragón 

https://viatjantpocapoc.wordpress.com 

@viatjantpocapoc

 

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