Es de noche y la primera ola de calor nos envuelve mientras descendemos por la escalinata del avión. El aire caliente y seco nos recibe como un presagio del país que está por descubrirse: un territorio de enorme riqueza cultural y diversidad, resultado de milenios de historia y la confluencia de múltiples civilizaciones. Túnez, ubicado en el norte de África, es un crisol en el que convergen las raíces árabes, bereberes, islámicas, mediterráneas y francesas; un mosaico cultural que se ha ido moldeando a lo largo de siglos de contacto con grandes imperios y pueblos. Desde los cartagineses y romanos, hasta los árabes, otomanos y colonizadores franceses, cada uno ha dejado una huella imborrable en la identidad tunecina. Aunque el árabe es el idioma oficial, el legado bereber permanece vivo, especialmente en las tradiciones orales y las comunidades rurales. El Islam sunita, predominante en el país, impregna la vida diaria y las costumbres sociales, pero Túnez es también reconocido por su relativo laicismo y apertura, rasgos que lo distinguen dentro del mundo árabe. No en vano ha sido pionero en materia de derechos para las mujeres. Abolió la poligamia y legalizó el divorcio desde los años 50, medidas que han tenido un impacto significativo en su evolución cultural y social moderna.
TÚNEZ: ENTRE EL MEDITERRÁNEO Y EL SAHARA
Nuestra aventura comienza en la laberíntica medina de la capital, un espacio histórico y bullicioso donde el tiempo parece detenerse. Calles estrechas y callejones se entrelazan con zocos vibrantes, llenos de vida y actividad constante. Allí, los aromas intensos de especias se mezclan con el ruido del trabajo de artesanos y el murmullo animado de comerciantes que invitan a regatear. Los cafés rebosan de gente mientras los narguiles despiden hilos de humo que se enredan en el aire cálido. A pesar de ese bullicio, existen rincones tranquilos y recónditos, en donde la arquitectura revela mezquitas, palacios y patios escondidos, testigos mudos de siglos de historia.
Desde aquí, nos adentramos hacia el sur recorriendo los primeros 400 km entre campos de cereales, olivares y bosquecillos dispersos, una vegetación que se va haciendo cada vez más escasa y árida. Pedaleamos por el Parque Nacional Djebel Zaghdoud, un paisaje formado por anticlinales que dan lugar a una serie de colinas. La más alta de ellas, Koudiet Echegga, alcanza los 639 m de altitud. Estas colinas están separadas por uadis, ríos estacionales que nos obligan a descender y ascender repetidamente, mientras el sol implacable nos obliga a ajustar nuestro ritmo: madrugamos para evitar el calor extremo y buscamos refugio en alguna sombra durante las horas más abrasadoras del mediodía.
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Los primeros km pedaleamos entre campos de cereales, olivares, bosques y rebaños.
OASIS DE MONTAÑA Y CAÑONES ESCULPIDOS
En el camino, rebaños aislados de cabras y ovejas nos acompañan, pastando en la aridez, hasta llegar a Gafsa, donde acampamos en su vasto palmeral. Al amanecer, nos dirigimos hacia el turístico oasis de Chebika, un paraje desértico marcado por cañones y montañas escarpadas que contrastan con el verdor exuberante del palmeral y las aguas que brotan en sus cascadas y manantiales. Nuestro campamento se instala en el impresionante cañón de Tamerza, un desfiladero esculpido a lo largo de miles de años por el río Oued el Abid, conocido por sus formaciones rocosas de tonos dorados y rojizos que parecen sacadas de otro mundo.
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A pocos kilómetros hacia el norte se encuentra el abandonado pueblo de Mides, encaramado en el borde del desfiladero que lleva su nombre, escenario de rodajes como la emblemática película El Paciente Inglés. Durante los días siguientes, exploraremos diversos enclaves que han servido de telón de fondo para un sinfín de películas famosas, entre ellas Star Wars, Gladiator y La Vida de Brian, sumergiéndonos en paisajes que parecen sacados de la imaginación cinematográfica.
Nuestro siguiente destino es el palmeral de Nefta, al que llegamos bordeando el Chott El Gharsa, una depresión pantanosa que alcanza su punto más bajo en su extremo norte, a 17 m bajo el nivel del mar, la altitud más baja de todo Túnez. Apodada la "Perla del Jerid", Nefta se distingue por sus fuentes termales y su espléndido oasis, además de por su profunda espiritualidad que le ha conferido el privilegio de ser el segundo lugar de peregrinación en el país. Al caer la tarde, disfrutamos de un agradable paseo sin rumbo por las intrincadas callejuelas de la medina, cuya arquitectura es especialmente original: casas construidas con pequeños ladrillos y puertas de madera de palmera. Subimos hasta la Corbielle, un curioso sistema tradicional de recolección de agua hoy en desuso, testimonio del ingenio local.
![[Img #6030]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/5258_5-palmerales-de-nafta-y-tozeur-de-donde-salen-los-deglet-nour_jaey9mqr.jpg)
Palmerales de Nafta y Tozeur donde se cultivan los Deglet Nour
Muy cerca, a escasos kilómetros y casi en la frontera con Argelia, se encuentra Mos Espa, parada obligada para los aficionados de Star Wars. Estamos inmersos en un escenario que parece sacado de una galaxia muy, muy lejana. Siguiendo el serpenteante camino entre palmerales, llegamos a Tozeur, un oasis en el borde del Sahara. Aquí el clima desértico favorece el cultivo de dátiles reconocidos mundialmente, los Deglet Nour, cuyo nombre significa "dedo de luz" en árabe, caracterizados por su color ámbar claro, su textura translúcida y un sabor dulce, suave y meloso. Tozeur, como muchos pueblos de la región, está lleno de gatos muy queridos por los vecinos, quienes los alimentan para que mantengan a raya a los escorpiones que emergen durante unos meses al año.
Observamos la singular estructura de los edificios locales, cuyas vigas de los techos provienen de troncos de palmera que se entierran durante un año bajo varios metros de profundidad en el lago salado Chott El Jerid, un método ancestral para eliminar insectos y larvas. Este lago, casi seco, lo cruzamos en un tramo en el que aún se mantienen activas algunas salinas. Delante de nosotros se extiende una recta interminable, de casi 50 km, que se pierde en el horizonte, una línea horizontal en el infinito que el viento, implacable, limita en velocidad.
![[Img #6029]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/7258_7-chott-el-djerid_aiadmfbx.jpg)
El lago salado Chott El Djerid
HACIA EL CORAZÓN DEL DESIERTO
Nos desviamos por una carretera secundaria hacia Kebili, para detenernos cerca de Fatssana y contemplar las diminutas dunas petrificadas mientras buscamos refugio del sol en un sencillo café. Desde Kebili bordeamos el Chott El Jerid por su lado sur, adentrándonos en sus pistas y atravesando aldeas y palmerales para evitar llegar directamente a Douz, conocida como "la puerta del desierto" por ser el inicio de los mares de dunas del Sahara, un punto clave para las antiguas rutas trans-saharianas.
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Douz, la puerta del desierto
El jueves nos espera una jornada especial: madrugamos para asistir al mercado de animales que se celebra al amanecer, un espectáculo de vida en el que vendedores y compradores negocian ovejas, cabras, conejos, gallinas, palomas e incluso tortugas. Aprovechamos para aprovisionarnos en el mercado callejero y, cargados con varios litros de agua, partimos hacia el oasis de Ghilane, un palmeral solitario situado a unos 140 km de Douz. En este tramo, el sol y el viento se erigen como nuestros principales enemigos. En el camino, pasamos por los restos abandonados de los cafés Tarzan y Bir Soltane, refugios que hasta hace pocos años eran paradas habituales para ciclistas.
![[Img #6033]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/5730_12-5-por-delante-140-km-de-desierto_8woagusk.jpg)
Nos esperan 140 km de desierto
![[Img #6034]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/5290_13-recta-desabastecida-de-80-km-hasta-llegar-a-ghilane_qg2fuhk3.jpg)
Recta de 80 km desabastecida hasta llegar a Ghilane
Finalmente, acampamos en Ghilane, un oasis protegido por las doradas dunas del desierto del Sahara, que guarda un manantial de aguas termales que invita a sumergirse y refrescarse bajo el follaje frondoso de las palmeras que lo custodian. Pero la noche nos sorprende con una tormenta inesperada: una fuerte tromba de agua acompañada de relámpagos y rachas de viento que doblan nuestras tiendas, nos obligan a pasar horas aferrados a ellas desde el interior, en medio de la furia del desierto.
Al día siguiente, retomamos la ruta por una pista que nos conecta nuevamente con la carretera principal hacia nuestro destino. El paisaje es un desierto casi absoluto, salpicado únicamente por la presencia esporádica de dromedarios y pastores con sus rebaños de cabras y ovejas. Poco a poco, comienzan a aparecer montañas escarpadas, cubiertas por una vegetación escasa, pero resistente, anunciando la proximidad de nuevos horizontes y aventuras.
LOS KSARS: ARQUITECTURA Y MEMORIA
Nuestro recorrido continúa hasta el impresionante Ksar Guermasa, una antigua ciudadela bereber enclavada en lo alto de una montaña, cuya posición estratégica le otorga un carácter defensivo natural, dominando desde las alturas la extensa llanura de El Ferch. Pasamos la noche en una de sus cuevas excavadas en la roca, un refugio milenario donde el tiempo parece haberse detenido. Al final del día, contemplamos cómo los últimos rayos del sol bañan el acantilado, tiñendo la piedra monótona de tonos dorados que parecen incendiar la montaña.
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El espectacular Old Guermasa
Durante los próximos días, seguimos en busca de ksars alejados de las rutas turísticas. Atravesamos discretamente los más conocidos, como el Ksar Chenini, una aldea troglodita bereber que, al estar encaramada en la ladera de una colina, se confunde con la propia naturaleza del paisaje. Algunas de sus cuevas siguen habitadas, lo que le otorga un aura viva y auténtica. Un par de kilómetros más arriba alcanzamos la Mezquita de los Siete Durmientes, silenciosa y solitaria, custodiando la colina como una reliquia sagrada.
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Mezquita de los Siete Durmientes
Por una pista desierta llegamos al inicio de una trialera que desciende abruptamente hacia Douriet. El día promete: nos esperan varias fortalezas tradicionales, una serie de ksars testigos del pasado bereber. Pero, ¿qué son realmente estos ksars y qué función cumplían?
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El descenso trialero hasta Douriet
Un ksar es una construcción fortificada de uso colectivo, típica de las comunidades bereberes (amazigh), ideada como almacén y refugio. Se compone de un conjunto de ghorfas, celdas abovedadas dispuestas en varios niveles, construidas en adobe o piedra, y organizadas en torno a un patio central. Todo el recinto se cerraba con una única puerta, convirtiéndolo en un espacio casi inexpugnable desde el exterior. En su interior, cada familia poseía su propia ghorfa, destinada a almacenar alimentos —cereales, dátiles, aceite— y, en ocasiones, bienes de valor. En algunas todavía se conservan antiguas prensas de aceite.
La mayoría de los ksar que sobreviven datan de entre los siglos XII y XIX, aunque sus orígenes podrían remontarse aún más atrás. Su importancia fue clave durante la época en que las comunidades seminómadas del sur de Túnez necesitaban proteger sus recursos frente a los saqueadores y las condiciones climáticas extremas.
![[Img #6038]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/7575_25-pedaleando-por-tierras-de-ksars_mbkqwhu8.jpg)
Pedaleando por tierras de ksars
Los ksar son construcciones fortificadas de uso colectivo
Nos abastecemos en el pueblo del Ksar Ouled Debbab, que también visitamos, antes de adentrarnos por un camino que nos lleva hasta el poco frecuentado Ksar Maztouria, uno de los más impresionantes de la región. Sus ghorfas se extienden en dos y hasta tres niveles, y conserva una particularidad única: inscripciones bereberes talladas en las paredes, con motivos geométricos, huellas de manos, de pies... un legado ancestral que aún habla a quienes saben escuchar.
Desde allí continuamos nuestro periplo pasando por Ksar Daghra, Ksar Aouadid, Ksar Ouled Aoun y Ksar Tunket, del que salimos por un antiguo camino rumbo a Tataouine. Al día siguiente, tras una parada en el mercado callejero de los viernes, pedaleamos por una tranquila carretera que nos lleva a los Ksar Ouled Abdelouahed, Ksar Jedida, y poco después al Ksar Ouled Mohammed, fácilmente reconocible por los marcos de puertas y ventanas pintados de blanco. Luego llegamos al Ksar Ezzahra, situado en pleno centro del pueblo, que aún hoy sigue en uso por la comunidad.
Finalmente, nos aproximamos al turístico y bien conservado Ksar Ouled Soltane, antes de iniciar un ascenso exigente hacia Ksar Mourabitine, un ksar encantador que corona una colina. Desde allí, descendemos por antiguos senderos abandonados, aún pavimentados en algunos tramos con su adoquinado original, hasta llegar al Ksar Hadada, hoy reconvertido en hotel. Seguimos por pistas algo más técnicas y accidentadas, hasta reencontrarnos con la carretera que nos lleva a Ksar Hallouf, otro escenario de la saga Star Wars.
![[Img #6047]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/3508_30-ksar-mourabitine_qpnhhehv.jpg)
Ksar Mourabitine
![[Img #6043]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/9826_31-descenso-del-ksar-mourabitine_9v9wxsuu.jpg)
Descenso del ksar Mourabitine
Tras superar un largo puerto de montaña, llegamos finalmente a Toujane, un pueblo colgado de la montaña con una vista magnífica: desde aquí, el mar aparece a lo lejos, azul y reluciente, como una promesa lejana. Descendemos luego hacia Matmata, donde dormimos en una casa troglodita adaptada como albergue.
DORMIR EN LAS CUEVAS TROGLODITAS
Las viviendas trogloditas de Matmata son auténticas joyas de la arquitectura popular: excavadas directamente en la tierra o en roca blanda, constan de un gran pozo circular que sirve como patio central abierto. Alrededor de él, se abren habitaciones excavadas en la pared, con algunas cuevas adicionales extendiéndose por los laterales. En ocasiones, las viviendas cuentan con varios patios conectados por túneles, escaleras o corredores, creando un sistema de varios niveles. Este tipo de construcción se adapta perfectamente al clima extremo del sur tunecino: en verano, la temperatura interior se mantiene fresca; en invierno, el calor se conserva. El propio terreno actúa como aislante térmico natural.
Uno de estos hogares, el Hotel Sidi Driss, alcanzó fama internacional al ser utilizado como la casa de Luke Skywalker en Star Wars: Episode IV – A New Hope. Desde entonces, Matmata se ha convertido en un lugar de peregrinaje para los fans de la saga.
![[Img #6048]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/5081_34-casas-trogloditas-en-matmata_4qanwokm.jpg)
Casas trogloditas en Matmata
EL ENCUENTRO CON EL MEDITERRÁNEO Y EL LEGADO ROMANO
Salimos temprano de Matmata y descendemos hasta la estación de tren de Gabès, donde tomamos el único tren diurno disponible, una especie de máquina del tiempo que parece transportarnos varios siglos atrás. Nos apeamos en El Jem, actual heredera de la antigua ciudad romana de Thysdrus, situada en la antigua provincia de África.
Allí se alza el colosal anfiteatro romano de El Jem, el más grande de África y el cuarto más grande del mundo, con capacidad para 35.000 espectadores. Es un monumento asombroso, comparable al Coliseo de Roma. A poca distancia se encuentra el Museo Arqueológico, que alberga una rica colección de mosaicos romanos de los siglos II al V, una muestra tangible de la vida cotidiana y la estética de aquella época.
Reanudamos nuestro viaje dejando atrás el esplendor de El Jem y su legado romano, y nos adentramos por caminos de tierra rumbo a la costa mediterránea. Nuestro primer contacto con el mar lo tenemos en el pintoresco pueblo de Mahdia, un lugar de atmósfera serena y repleto de historia. Exploramos su bien conservada medina, el paseo marítimo que acaricia la costa, el cementerio marino que reposa junto al mar, los vestigios fenicios y su colorido mercado central, vibrante de aromas, sabores y vida local.
Más al norte, nos esperan dos joyas tan turísticas como cautivadoras: Monastir y Sousse. Pese a su popularidad, ambas ciudades conservan un rico patrimonio histórico. Sus medinas laten con actividad constante, y sus mezquitas, mausoleos y murallas merecen una visita detallada. Tras recorrer sus calles y despedirnos del mar, giramos hacia el interior del país.
![[Img #6050]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/5191_42-mausoleo-de-bourghiba-monastir_puvxit2i.jpg)
Mausoleo de Bourghiba en Monastir
La ruta nos lleva por pistas y caminos de tierra hasta la ciudad santa de Kairouán, corazón espiritual de Túnez y uno de los centros religiosos más importantes del mundo islámico. Para llegar a la majestuosa Gran Mezquita nos perdemos entre las estrechas callejuelas de su medina, donde artesanos locales tejen, con paciencia y maestría, alfombras tradicionales Kaituan y Kilim.
![[Img #6051]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/8305_50-gran-mezquita-de-kariouan_iqvto4kp.jpg)
Entrada a la Gran Mezquita de Kariouan
Antes de abandonar la ciudad, nos detenemos en las históricas cisternas de los Aglabíes, consideradas una de las obras hidráulicas más destacadas del mundo islámico. Posteriormente, dejamos atrás la carretera principal y nos internamos por caminos que suben suavemente entre campos cultivados, olivos dispersos y colinas que se extienden hasta donde alcanza la vista.
El paisaje cambia gradualmente con cada kilómetro: fértiles tierras de cultivo, horizontes abiertos y una calma envolvente nos conducen a uno de los destinos arqueológicos más notables del país: Dougga, la ciudad romana mejor conservada del norte de África, con ruinas que se alzan orgullosas entre las colinas como testigos mudos de un glorioso pasado.
Un recorrido entre paisajes que evocan, en cada curva del camino, la profunda riqueza agrícola que ha definido este territorio desde hace milenios. En Dougga nos detenemos sin prisas, sumidos en el silencio majestuoso de sus ruinas. Caminamos entre el teatro, los templos y las calles empedradas, que, pese al paso de los siglos, conservan intacta la fuerza evocadora de un pasado esplendoroso. Cuando el sol comienza a declinar y las sombras alargan los contornos de la piedra, retomamos la marcha. Cruzamos los últimos vestigios del yacimiento y descendemos hacia Téboursouk con la sensación de haber atravesado el tiempo más que el espacio.
![[Img #6052]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/3350_56-dougga_jryijxev.jpg)
Dougga, posiblemente la ciudad romana mejor conservada del norte de África
Partimos temprano desde Téboursouk, siguiendo caminos rurales y carreteras secundarias que serpentean entre campos cultivados. Nos adentramos en una pequeña sierra y ascendemos un collado desde el cual se despliega un panorama majestuoso: valles fértiles tapizados por extensas franjas de cultivos que se funden con el horizonte. La geografía aquí respira abundancia y permanencia.
Llegamos a Jendouba y desde allí tomamos la carretera que nos conduce a Bulla Regia, uno de los yacimientos romanos más singulares de Túnez. Esta antigua ciudad destaca por sus notables villas subterráneas, una solución arquitectónica tan ingeniosa como práctica que permitía a sus habitantes resguardarse del abrasador clima norteafricano. Bajo tierra, construyeron residencias elegantes, con patios rodeados de columnas, estancias finamente decoradas y sofisticados sistemas de fontanería. Aún hoy, muchos de sus magníficos mosaicos permanecen in situ, como si el tiempo se hubiese detenido para preservar el ingenio y el refinamiento de la civilización romana.
En Busalim, nos desviamos por caminos secundarios rumbo a Béja, donde el pulso de la vida cotidiana nos envuelve de inmediato. En sus estrechas calles empedradas, la actividad comercial bulle: tiendas, tenderetes improvisados, cafés y pastelerías artesanales llenan el aire de aromas irresistibles. Nos dejamos llevar, sin mapa ni rumbo, por este laberinto urbano en el que la gente se mueve con una calma ancestral, como si el tiempo aquí fluyera a un ritmo diferente. Permanecemos hasta el atardecer, saboreando esa quietud que solo ofrecen los lugares donde lo moderno aún respeta el alma del pasado. Al día siguiente retomamos la ruta por carreteras secundarias. El paisaje que nos rodea se despliega como un inmenso tapiz agrícola: campos labrados que esperan pacientes la siembra de cereales, tierras surcadas por los ciclos de una vida rural que persiste. Rebaños de cabras y ovejas avanzan sin prisa por los caminos, marcando con su paso el pulso pausado de la jornada.
![[Img #6053]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/36_58-un-panorama-majestuoso-nos-llevan-a-jendouba_ix6caw0g.jpg)
Valles fértiles de cultivos que se funden con el horizonte
CARTAGO Y EL BARDO: LA MEMORIA Y EL OLVIDO
Finalmente, el mar aparece en el horizonte, y siguiendo la línea de la costa llegamos a Sidi Bou Said. Este encantador pueblo, con sus casas encaladas, contrasta con el azul intenso de puertas y ventanas que parecen absorber la luz mediterránea. Subimos por calles empinadas que nos llevan hasta el faro, en lo alto de una colina, desde donde se domina el mar y se respira una atmósfera de serenidad suspendida en el tiempo.
De camino a la capital, hacemos una última parada en los vestigios de Cartago, un nombre cargado de historia y leyenda. Sin embargo, la experiencia es agridulce. Las ruinas, aunque imponentes en su simbolismo, se encuentran en un estado de abandono visible, y el museo
está cerrado por reformas. La visita se convierte así en un viaje a medio camino entre el peso de una grandeza pasada y el desencanto que produce el olvido.
Ya en Túnez capital, nos quedaba por visitar el Museo Nacional del Bardo. En nuestra mente, inevitablemente, pasan las imágenes del atentado terrorista de 2015, en el que perdieron la vida 17 turistas. Pese a ello, el Bardo se impone como uno de los museos más importantes del Mediterráneo. Su vasta colección arqueológica recorre la historia del país como cruce de culturas milenarias: púnica, romana, bizantina, islámica y moderna. Es un espacio que resume en vitrinas y galerías la complejidad de una identidad en constante transformación.
UNA TRANSICIÓN DE MÁS DE 2.000 KM
![[Img #6054]](https://andarenbici.com/upload/images/02_2026/2638_893100db-07c3-4b02-8467-e7599c788247.jpg)
Este viaje ha sido, en sí mismo, una transición natural de más de 2.000 km, entre las costas del Mediterráneo europeo y los límites del Sáhara africano. El norte del país, con su clima templado, montañas, suelos fértiles y abundante vegetación, acoge núcleos urbanos costeros y centros agrícolas vitales. En contraste, el sur se extiende en vastas regiones áridas y desérticas, con predominancia de los oasis, las dunas y los chotts, lagos salinos que marcan el paisaje con su geometría cambiante. Este gradiente climático y ecológico ha moldeado históricamente los modos de vida: de la agricultura intensiva al nomadismo, de las ciudades a las caravanas.
Túnez ha sido, desde sus orígenes, un territorio de convergencia. Cuna de Cartago, la poderosa ciudad-estado púnica que desafió a Roma, fue luego romanizada, islamizada y, en tiempos más recientes, colonizada por Francia. Cada etapa dejó su huella: ruinas, fortalezas, mezquitas, iglesias y museos que fuimos descubriendo paso a paso. La identidad tunecina actual es el resultado de ese entrecruzamiento continuo entre pueblos, religiones y costumbres. Aunque hoy la mayoría de la población se identifica como árabe-musulmana, persiste una notable herencia bereber (amazigh), visible sobre todo en el sur y en zonas rurales.
Túnez nos ha mostrado una sociedad en constante equilibrio entre tradición y modernidad. Esta dualidad también se refleja en su arquitectura: las ciudades se organizan en dos ámbitos bien diferenciados. Por un lado, las antiguas medinas, con sus callejones estrechos, patios interiores y mezquitas centenarias; por otro, los barrios modernos, con amplias avenidas, edificios administrativos y construcciones funcionales. En las zonas rurales, observamos ejemplos de arquitectura adaptativa como las casas trogloditas o los ksars del sur, ingeniosas respuestas a condiciones climáticas extremas.
Así termina nuestro recorrido por Túnez, un país que se despliega como un mosaico cultural, geográfico e histórico, donde el pasado no es ruina, sino raíz. Cada lugar visitado, cada mirada intercambiada, ha sido parte de una travesía que revela no solo un país, sino también la complejidad de habitar en el cruce de mundos.
Por Antoni Tarragón
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