"Aquí no se viene a hacer amigos". Esa fue la agria bienvenida que me dio un antiguo encargado, apodado con sorna "risa de hiena", al iniciar mi vida laboral. Desobedecí. Soy insumiso por naturaleza ante el mal genio. Aquella rebeldía derivó en una grupeta ciclista inseparable. Tras recorrer media España, desde el Camino de Santiago hasta las playas de Almería, este año hemos puesto el foco en Castellón.
Junto a Rober, uno de mis mejores amigos, hemos viajado de avanzadilla para testar la apuesta del patronato de turismo local por el cicloturismo. El veredicto es claro: hay que volver.
Montanejos como base de operaciones
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Comenzamos en Montanejos, un pueblo que muta de 600 vecinos en invierno a 8.000 en verano. Nos alojamos en los apartamentos Campuebla, que gestiona también el centro BTT Alto Mijares.
La ruta arranca tras el balneario, remontando el río. Sorprende la gestión ambiental: unas mallas de geotextil frenan la invasión de la caña común en las orillas. Pasamos la Fuente de los Baños —antiguo spa del rey almohade Abu Ceit en el siglo XIII— y pedaleamos por la tranquila CV-20 hasta el estrecho de Chillapájaros. Allí, el rafting ha sustituido a la escalada, clausurada hoy por seguridad.
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El paisaje narra una historia de supervivencia. La filoxera de 1910 arrasó los viñedos y forzó el éxodo masivo a Barcelona. Después se repobló con pino carrasco durante la autarquía, lo que trajo consigo el riesgo de incendios. Sin embargo, el monte bajo aún resiste con murta, cornicabra y nogales.
En el embalse de Arenoso, la historia se humaniza. Un hombre de casi 85 años nos saluda desde lo alto de un olivo. Varea con una agilidad envidiable. Ha recogido ya 2.500 kilos de aceituna serrana de Espadán. "Habéis elegido un día de mucho viento", nos dice. Fue albañil y reformó la mayoría de las casas de la zona. Se despide con una sentencia que resume su vida: "He comido pan de muchos hornos".
La Vía Verde de Ojos Negros
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Cambiamos de tercio. La Vía Verde de Ojos Negros es una cicatriz industrial convertida en ocio. Construida a finales del XIX por empresarios vascos, esta línea privada transportaba hierro desde las minas de Sierra Menera hasta el puerto de Sagunto, evitando la red estatal. Llegó a mover casi un millón de toneladas en 1913. Una curiosidad: las mujeres operaban los cambios de vía por ser "más responsables" ante los problemas de los hombres con el alcohol.
Salimos de la gasolinera de Barracas, a mil metros de altitud. Entre los gigantes del parque eólico, tomamos brevemente una carretera en desuso, la misma por la que Eddy Merckx escaló hacia su victoria en la Vuelta del 73.
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El descenso nos lleva a otros puntos clave. En Jérica conocemos el proyecto Rodamons, una casa refugio para el viajero sostenible que busca compartir experiencias. Después, en Navajas nos recibe un olmo de casi 400 años y villas señoriales del siglo XVIII. Es visita obligada el Salto de la Novia, una cascada de 60 metros, espectacular en época de lluvias. Allí, Jesús Monleón gestiona el segundo centro de BTT de nuestra ruta. Finalmente, llegamos a Segorbe para finalizar en la capital del Alto Palancia, sede episcopal histórica, antes de una escapada a Almedíjar para comprar quesos artesanos en la quesería Los Corrales.
Imagino ahora a mi antiguo encargado, ya jubilado y solo, sentado en un banco. Mientras, nosotros —Juanjo, Andoni, Alberto, Ángel, Antonio, Rober y yo— planeamos el regreso a los centros BTT de Castellón. Porque, ante todo, aquí sí hemos venido a hacer amigos.

















